Militares verificando el tránsito vehicular | Foto Rodrigo Moya

LA CLASE MEDIA EN ASCENSO Y EL AUTORITARISMO

A 50 años, es momento de celebrar una victoria cultural

POR RODOLFO CANTO SÁENZ

Las dos décadas que antecedieron al movimiento estudiantil y popular de 1968 fueron de rápido crecimiento de la economía mexicana y de paulatino mejoramiento de las condiciones de vida de la población urbana.

Durante ese período los ingresos de los trabajadores se elevaron constantemente. El salario mínimo real se triplicó entre 1952 y 1968 y siguió aumentando hasta su pico máximo, alcanzado en 1976, como se aprecia en la figura 1.

En el mismo sentido, la participación del factor trabajo en el ingreso nacional aumentó de 27 por ciento en 1950 hasta 49% en 1976, su mejor resultado, para luego iniciar un descenso que se mantiene prácticamente hasta la fecha, como se aprecia en la figura 2.

El mejoramiento de las condiciones de vida de la población urbana propició el ascenso de una nueva clase media, con aspiraciones sociales y políticas nuevas también. En 1968 se mantenía incuestionado el sistema político autoritario heredado de la Revolución Mexicana, comandado por un partido político que para entonces ya llevaba cuatro décadas en el poder y conservaba intacta su hegemonía, al margen de todo proceso democratizador.

El Estado mexicano posrevolucionario era autoritario, pero tenía una vena redistributiva heredada de la Revolución Mexicana y, más precisamente, del Cardenismo que había propiciado cierta redistribución de la riqueza en el país.

Esa vena redistributiva se perdería casi por completo con la llegada al poder de los gobiernos neoliberales a partir de 1983, pero en 1968 había prohijado una clase media menos dispuesta a aceptar el autoritarismo del rígido sistema político que aún tenía el país.

Hoy sabemos que entre riqueza y poder existe una relación directamente proporcional: la redistribución de la primera es también la redistribución del segundo, del mismo modo que la concentración de la riqueza es también la concentración del poder, como el país ha podido atestiguar en los últimos 35 años.

En 1968, la clase media en ascenso, representada por el movimiento estudiantil y popular, decidió enfrentarse al Estado autoritario y, aunque fue violentamente reprimida y derrotada en Tlatelolco, inauguró un camino sin retorno hacia la democratización del sistema político mexicano.

El Estado autoritario, consciente de que ya no podría contener por mucho tiempo más las aspiraciones democráticas de la clase media en ascenso, inició pocos años después un proceso de apertura cuya primera gran expresión fue la reforma política de 1977, que entre otros cambios instituyó las diputaciones plurinominales, lo que abrió la puerta a la diversidad política e ideológica en el Poder Legislativo, y legalizó al Partido Comunista, punto de partida de las futuras coaliciones de la izquierda mexicana.

20 años después del 68, y concluido el primer sexenio de corte neoliberal en México, el otrora monolítico partido en el poder se partió en dos.

Los que salieron de sus filas, en una alianza con las fuerzas de izquierda encabezada por Cuauhtémoc Cárdenas, enfrentaron en 1988 al partido todavía hegemónico en unas elecciones federales marcadas por la fundada sospecha de fraude electoral, consumado tras la “caída del sistema” que dio el triunfo al proyecto neoliberal y su entronización por otros 30 años, hasta la verdadera caída del sistema, consumada recién el primero de julio de este año.

La alternancia democrática fue posible gracias a la ciudadanización del proceso electoral, lograda con la reforma electoral de 1996, que tan sólo un año después posibilitó el triunfo de la oposición en el entonces Distrito Federal, preludio del triunfo todavía mayor de un candidato opositor en las elecciones presidenciales del año 2000, que marcó el fin de la hegemonía priísta.

Detrás de cada avance de la democracia, desde 1977 hasta 2018, ha estado presente la herencia política del 68, no sólo como un mero ejemplo de movilización y lucha sino con el permanente activismo político y las incontables contribuciones a la democratización del país de esa generación de jóvenes estudiantes, que con el paso de los años fueron asumiendo puestos de decisión, tanto en los partidos como en las instituciones, las universidades y las organizaciones de la sociedad civil.

En el triunfo electoral de la izquierda, consumado el pasado primero de julio, está presente el legado democratizador del 68. Ha llegado al poder un gobierno que se declara afín a los intereses de los trabajadores, de los estudiantes y también de las clases medias, todos ellos víctimas de la descomunal concentración de la riqueza y el poder en favor de los más ricos.

Un triunfo histórico, sin duda, pero en un país cuyo futuro dista de ser despejado. La concentración de la riqueza, como decíamos antes, ha sido también la concentración del poder, y no será nada fácil, ni aun para un gobierno con aspiraciones democratizadoras, enfrentar con éxito el enorme poder acumulado por las oligarquías que hoy controlan la economía, las finanzas y los medios de comunicación en el país.

Luego del pico alcanzado en 1976 el salario mínimo real inició un franco descenso que, hacia 1996, lo había regresado al nivel que tuvo 50 años antes, con una pérdida de aproximadamente el 75% de su valor.

En los últimos 20 años el salario mínimo real ya no ha descendido más, pero la pérdida acumulada de su poder adquisitivo es tan grande que se sitúa por debajo de la línea de pobreza individual: no alcanza ni para adquirir la canasta básica del propio trabajador, sin contar a su familia.

Los salarios promedio, cuya evolución sigue muy de cerca a los mínimos, acusan una caída semejante. Como resultado de estas tendencias, la participación del trabajo en el ingreso nacional también ha ido en picada, y hacia 2015 era del 26%, semejante a la que tuvo en 1935, 80 años atrás.

El descenso más marcado se ha registrado en la industria manufacturera: en 2013, la participación del factor trabajo en el PIB manufacturero había caído a sólo 18%.

1968 HABÍA PROHIJADO UNA CLASE MEDIA MENOS DISPUESTA A ACEPTAR EL AUTORITARISMO DEL RÍGIDO SISTEMA POLÍTICO QUE AÚN TENÍA EL PAÍS

Como consecuencia de estos retrocesos, la desigualdad ha crecido en México y la mitad de la población sigue sumida en la pobreza por ingresos. Más grave aún, según datos del Coneval (2018), al cierre de 2017 el 41% de la fuerza laboral percibía ingresos insuficientes para adquirir la canasta básica alimentaria para una sola persona, lo que significa que cerca de la mitad de los trabajadores en México no ganan ni para comer decentemente ellos mismos, ya no digamos sus familias. Tal es el país que hoy tenemos.

Los resultados electorales del primero de julio trajeron una esperanza de cambio social, pero sólo eso: una esperanza. El gobierno cambiará, es cierto, pero las oligarquías con su enorme riqueza, su ideología y su control de los medios de comunicación seguirán allí.

las mantienen en permanente riesgo de caer en la pobreza.

Si no cambia la correlación de fuerzas en el seno de la sociedad, el nuevo gobierno no llegará muy lejos. La democracia es necesaria pero no suficiente. La organización política y la movilización de los trabajadores y las clases medias son condición imprescindible del cambio social. Para avanzar en esta enorme tarea contamos con el ejemplo y el histórico legado de los estudiantes del 68.

Referencias

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