El de guante blanco y con la cacha afuera. | Foto Manuel Gutiérrez Paredes; 1965-1970 (predominan 1967-1969) Archivo Histórico de la UNAM

Los disparos caían desde un helicóptero al cruzar Reforma

Al llegar al edificio Chihuahua noté que había muchos hombres vestidos de civil con un corte de pelo tipo militar. Consideré que eran policías de la Federal de Seguridad

POR JOEL ORTEGA JUÁREZ

Los disparos caían sobre nosotros desde un helicóptero al cruzar Reforma, recientemente ampliada. Atravesábamos la avenida de la Unidad Tlatelolco hacia el antiguo barrio de Peralvillo.

Salimos huyendo por entre los edificios de Tlatelolco después de que el Ejército comenzara a disparar sobre la multitud en la Plaza de las Tres Culturas. Gracias a que conocíamos

TLATELOLCO ES UNA UNIDAD DE VARIOS MILES DE DEPARTAMENTOS. DESDE ENTONCES Y HASTA LA FECHA QUIZÁ LA UNIDAD DE INTERÉS SOCIAL MÁS GRANDE

-mis hermanos, un primo y yo-la unidad, salimos del lado adecuado, rumbo al oriente. Muchos de los manifestantes se equivocaron y corrieron en dirección opuesta, hacia el poniente, justo donde estaba el Ejército. En el mejor de los casos intentaron escapar hacia el norte, hacia la avenida Manuel González. Otros, muy pocos, se refugiaron en elTemplodeSantiagoyalgunosmás se escondieron en torno a las ruinas prehispánicas.

Tuve la impresión de que los disparos realizados desde un helicóptero del Ejército eran tupidos. Cuando intentamos salir del área, tuvimos varias opciones: una era quedarnos dentro de la unidad, que consideré peligroso porque supuse, como ocurrió, que peinarían cada uno de los edificios y cada departamento para detener a los estudiantes, La otra posibilidad era cruzar Reforma con el riesgo de que una de las balas nos hiriera. También pudimos esperar al último camión de pasajeros que transitaba por Reforma del norte hacia el sur-poniente, pero era una decisión arriesgada dado que detrás del camión los tanques cercaban la plaza. Además nada garantizaba que el chofer se detuviese y nos dejara abordar.

Al final, opté por lo más arrojado. Decidimos cruzar Reforma y correr el riesgo de ser heridos o morir. Al cruzar el ancho de 30 o 40 metros de Reforma-que yo percibí como centenares - vi caer a varios compañeros, aunque no tuve oportunidad de saber si estaban heridos o muertos. No era el momento para realizar ninguna “inspección” sobre los cuerpos caídos.

Mis dos hermanos, César Ortega Juárez, estudiante de la Escuela Superior de Física y Matemáticas del Politécnico, Carlos Ortega, estudiante de la UNAM en Arquitectura, y yo, Llegamos a Tlatelolco alrededor de las 4:30 p.m. Por primera ocasión llegamos juntos a un mitin o una manifestación del 68 porque comí en casa de mis padres en la calle de Mar Adriático 116 de la colonia Popotla, a dos cuadras del Árbol de la Noche Triste.

Tenía bastantes días de no parar en casa. Desde mi regreso a México el 14 de agosto de 1968 procedente de París tras asistir al IX Festival Mundial de la Juventud y los Estudiantes realizado en Sofía, Bulgaria, prácticamente viví día y noche en Ciudad Universitaria, hasta la toma de la UNAM. Durante el día participé en las asambleas, brigadas y manifestaciones. Por las nocheshiceguardiasenEconomíay luego en Radio UNAM junto con el Buho. En una ocasión los compañeros quisieron “juzgarnos” por “pequeño burgueses”, porque Radio UNA M tenía alfombras, baño con agua caliente y cafetería atendida por compañeras muy guapas. Éramos ‘”reos” del delito de “desviaciones pequeño burguesas”.

El 18 de septiembre, al entrar el Ejército en Ciudad Universitaria, por pura casualidad salí unos minutos antes de Rectoría, donde estuvimos con Pedro Noguerón, secretario del rector Barros Sierra.

El 2 de octubre, nos dirigimos rumbo a Tlatelolco. Lo hicimos por la calle Manuel M. González y por eso observamos una gran cantidad de carros del Ejército estacionados. Cuando llegamos a la plaza inmediatamente les comentamos a los compañeros que el Ejército estaba sobre Manuel González. Comprendimos que seguramente actuarían y rodearían el mitin. Les planteé lo absurdo de salir rumbo al Casco de Santo Tomás, la ruta prevista para la manifestación de ese día. Con mucha ingenuidad, la marcha al Casco pedía la salida de las tropas del Politécnico, dado que ya habían abandonado Ciudad Universitaria el 30 de septiembre.

Cuando compartí lo que sabía, los compañeros confirmaron que ya estaban informados de la presencia del Ejército. Comentarian al resto de los asistentes que no saldríamos en marcha. Les pedirian que al finalizar el mitin se dispersaran pacíficamente rumbo a sus casas o escuelas, sin hacer caso a ninguna provocación.

Al llegar al pie de los elevadores del edificio Chihuahua noté que había muchos hombres vestidos de civil con un corte de pelo tipo militar. Consideré, junto con los compañero estaban ahí, que eran policías de la Federal de Seguridad.

En esa entrada del elevador del edificio Chihuahua encontraban Alfonso Vadillo Bello, Enrique del Val Blanco, José Bonfilio Cervantes Tavera, Ignacio Hernández, Nachito,Miguel Angel Salvoch y al inicio también Pablo Gómez quien subió al tercer piso ante una invitacióndelBúho,quiennosgritó “vénganse para acá, Pablo, Joel, suban”. Yo le conteste “No tengo nada que hacer allá, Búho, no soy del CNH ni voy a hablar ¡Vengan!” El que sí tomó la invitación fue Pablo Gómez. Ello provocó que más tarde fuese detenido en uno de los departamentos donde estaban prácticamente todos los dirigentes del CNH. Este episodio ha sido narrado en múltiples ocasiones por el Búho, el propio Pablo Gómez, Gilberto Guevara. Raúl Álvarez y Luis González de Alba; entre otros.

Cuando Pablo subió nosotros nos quedamos en la puerta de los elevadores. A punto de terminar el mitin, levanté la mirada hacia el puente de Tlatelolco, situado en el Eje Lázaro Cárdenas, antes Santa María la Ribera, y noté que varios contingentes de soldados con las armas en ristre, cruzadas; marchaban rumbo a la Plaza. Miguel Angel Salvoch me tomó eI brazo y dijo: “Cadenas, cadenas, esto es una provocación”. Yo le respondí: “No, Salvoch. Suéltame, estos cabrones no vienen a repartir flores, van a reprimir”. Dicho esto, me solté de los corpulentos brazos de Miguel Ángel Salvoch y examiné hacia dónde correría.

Al final opté por el oriente de la Unidad Tlatelolco, rumbo a Reforma. De manera milagrosa encontré a mis hermanos Carlos y César, y un poco más adelante a Alfredo Juárez, un primo que también asistió. Al que no encontramos fue a Rubén Juárez Johnson, otro primo que estuvo en el mitin. Al cruzar Reforma llegamos a unas vecindades donde la gente nos gritaba: “Vengan, vengan, nosotros los protegemos” Nos condujeron el interior de sus viviendas, antiguas vecindades cortadas como rebanadas de pastel para abrir Reforma en 1964, último año del gobierno de Adolfo López Mateos e inicio del de Gustavo Díaz Ordaz. Ese mismo año de 1964 se inauguró ese tramo de Reforma, la Unidad Tlatelolco, el Museo de Arte Moderno de Chapultepec y muchas otras obras gestionadas durante el gobierno de López Mateos.

Después de salir de la unidad habitacional permanecimos alrededor de media hora en una de las viviendas

Tlatelolco es una unidad de varios miles de departamentos. Desde entonces y hasta la fecha quizá la unidad de interés social más grande construida, habitada por gente de la colonia Guerrero, como Jorge Meléndez, que tras la demolición de su vivienda fue a vivir a los departamentos pequeños en la unidad. Había también gente, como se estilaba entonces a la que el gobierno había dotado de vivienda, entre ellos mi amigo José Natividad Rosales, reportero de la revista Siempre!; también tenía un departamento ahí La China Mendoza.

El resto era compuesto por personas de distintos rumbos de la ciudad. En las torres como la del edificio Nuevo León-que tiró el sismo de 1985-, vivía una clase media un poco más desahogada, debido a que sus departamentos eran más grandes y caros.

Conocía Tlatelolco. Muchas veces visité a Natividad Rosales, que vivía en el edificio 2 de Abril. También visité a Jorge Meléndez en uno de los edificios pequeños, muy cerca también de la Plaza de Tlatelolco. Alguna ocasión visité a la familia Condés, que vivía al otro lado de la Unidad Tlatelolco entre Insurgentes Norte, Manuel González, Flores Magón la avenida Guerrero. En el cuadrante donde estaba una neveria Dairy Queen vivía esta familia, cuyo hijo Enrique está en la cárcel desde 1967 por intentar colocar una bomba la embajada de Bolivia, en protesta por la muerte del Che Guevara.

Por todo esto y porque soy un vago de ciudad, conozco Tlatelolco bastante bien. Eso, además de la buena suerte, me sirvió para salvar la vida o, cuando menos, la libertad.

Después de salir de Tlatelolco permanecimos alrededor de media hora en una de las viviendas donde nos dieron pan y chocolate “para el miedo, para los nervios”. Cuando los vecinos dijeron: “Ya se fue la tropa, pueden salir”, salimos de las casuchas de estas personas impresionantemente solidarias valientes, hospitalarias. Lo primero que se me ocurrió fue buscar un taxi por el rumbo de la prolongación de la calle Bolívar para dirigirnos a casa de mis tías en la colonia Alamos. Al llegar le pedí al taxista que nos dejara en el parque. Por seguridad no quería que nos dejara frente al portón de la calle Andalucía 168, donde vivían mis tías. Eso lo había aprendido como parte de la cultura clandestina del Partido Comunista Mexicano.

Un chico de cuidado. | Foto Manuel Gutiérrez Paredes; 1965-1970 (predominan 1967-1969) Archivo Histórico de la UNAM

Al llegar a la casa de mis tías estaba angustiado terriblemente porque no encontramos a mi primo Rubén. Simulamos que veníamos de cualquier otra parte y no comentamos nada.

Nuestras tías preguntaron sobre Rubén. “Ah, llega al rato, no se preocupen”, contestamos.

En la casa de mis tías vimos el noticiero que conducía Ignacio Martínez Carpinteiro, el noticiero Excélsior, que dió cuenta de lo sucedido con las siguientes palabras: esta tarde en Tlatelolco hubo un enfrentamiento de estudiantes contra el ejército, al cual dispararon. Hay un número alto de heridos, algunos muertos, producto de una agresión de estudiantes francotiradores contra los soldados. Al escuchar eso se me puso la piel de gallina pero mantuve la calma, y casi de manera milagrosa apareció en ese momento mi primo Rubén.

AL LLEGAR A LA CASA DE MIS TÍAS ESTABA ANGUSTIADO TERRIBLEMENTE, PORQUE NO ENCONTRAMOS A MI PRIMO RUBÉN

Inventé que iba a ver a unos compañeros de la escuela para hacer una tarea y me dirigí a la colonia del Valle, a un departamento al que llamábamos La República.

Los integrantes de la Juventud Comunista de la Escuela de Economía teníamos un sitio que utilizamos como mecanismo de seguridad. Después de cada manifestación, mitin, brigada o cada pinta, acudíamos para reportarnos y comentar sobre nuestro estado y saber si alguien estaba detenido, herido, etcétera.

Del Val nos recibió al llegar a La República. El espacio era un departamento que rentaba Alfonso Vadillo y un conjunto de rock, Los Monjes, de quienes era el gerente. Del Val abrió y nos dijo: “Faltan Pablo y el Buho”. A renglón seguido tanto Del Val como Bonfilio contaron la terrible odisea que vivieron en Tlatelolco.

Al comienzo de los disparos se guarecieron en uno de los negocios que había en los bajos del edificio Chihuahua. Al parecer era una peluquería o taquería. Los soldados los retuvieron por unos minutos y les dijeron: “Cabrones, los vamos a usar de trinchera para que vean lo que se siente”. Estuvieron delante de unos soldados en posición de disparar por bastante tiempo ahí. En una de ésas, Miguel Angel Salvoch, quien murió hace poco tiempo, recibió una bala en sedal en la frente. Por las características de lugar donde recibió el disparo, su cabeza se manchó inmediatamente de sangre y nadie sabia ni Bontilio ni Del Val, si era una herida o sólo un rozón, como finalmente se supo. Como pudo, Del Val le aplicó un torniquete a Salvoch y, en cuanto pudieron, lo llevaron a la primera ambulancia que se toparon, una ambulancia del ejército. En esa ambulancia se llevaron a Salvoch al campo militar y un soldado u oficial dijo: ‘¡éste no tiene que estar aquí, regrésenlo”. Lo regresaron a Tlatelolco en medio de la balacera, y más tarde fue trasladado a una ambulancia de la Cruz Roja en calidad de detenido y herido.

Gracias a que su hermano era alto funcionario Salvoch logró escapar y no lo detuvieron. Afortunadamente, su herida era una simple bala que rozó el cráneo. De otra manera, Salvoch hubiera sido una de las 58 víctimas civiles comprobadas que murieron en la Plaza de Tlatelolco, más dos soldados muertos.

Esa cifra la conseguimos Miguel Eduardo Valle y yo en una investigación que hicimos basada en las indagaciones de la fiscalía que dirigió Ignacio Carrillo Prieto.

Con nombre y apellido se tienen comprobados 58 civiles y dos militares muertos. Es decir, 60 en Tlatelolco y otras 10 personas murieron desde los enfrentamientos del 26 de julio.

Después asesinaron a otros 17. Sumados a los 68, 85 personas murieron a lo largo del movimiento, desde el 26 de julio hasta los primeros días de enero de 1969

En el mitin de Tlatelolco había unas diez mil personas. Entre dos mil y tres mil personas fueron detenidas y llevadas al campo militar de manera ilegal. No había razón para detener a civiles o mandarlos a penales como Santa Martha o Lecumberri. Al quitar a los muertos no localizados, el número podría subir una decena más. Los detenidos fueron unos tres mil. Doscientos heridos de distinto tipo. Si restamos tres mil detenidos en Santa Martha, Lecumberri y el Campo Militar Número 1, nos quedan 7 mil. Menos un centenar de heridos, nos quedan 6900; menos unas 80 personas muertas, nos quedan unos 6800. Es; decir, no fui único. Más de 6 mil, casi 7 mil personas estuvimos en Tlatelolco y logramos salir sin ser detenidos ni heridos, mucho menos muertos.

Una versión amarillista e irresponsable, repetida por lo dicho por Oriana Fallaci, herida en Tlatelolco-por cierto en una nalga, dijo que “ni en Vietnam había visto tal violencia como la que desató el Ejército contra los estudiantes”.

A la frase de “ni en Vietnam me ocurrió eso”, añadió: “Hubo quinientos muertos en Tlatelolco”. La cifra la repitió The Guardian, el periódico inglés. Después, una buena parte de los dirigentes del CNH la hizo propia, entre ellos Raúl Álvarez, Gilberto Guevara y otros. Quinientos muertos fue una versión amarillista, estridente, que lejos de servirle al movimiento, le sirvió al Estado.

El presidente Gustavo Díaz Ordaz siempre admitió que hubo 27 personas muertas en Tlatelolco, número que coincidió con la investigación que hizo el Comité del 68 presidido por Raúl Álvarez. Los nombres de las víctimas se inmortalizaron en la estela de Tlatelolco con motivo del 30 aniversario del 68, en 1998.

Simulamos que veníamos de cualquier otra parte y no comentamos nada...

Hay centenares de historias sobre la Plaza de Tlatelolco. Una versión que recomiendo es la narración, hora por hora, desde las siete de la mañana del 2 de octubre hasta la madrugada del día 3, que hace Miguel Eduardo Valle en su obra El año de la rebelión por la democtacia, editada en 2008. En dicho libro hace un relato pormenorizado de cómo, desde las nueve de la mañana, los batallones se prepararon para ir a Tlatelolco, cómo se produjo la señal de bengala, cómo actuó el Batallón Olimpia, cómo dispararon contra la gente.

Puedo afirmar que la matanza del 2 de octubre en Tlatelolco estuvo planeada a la perfección por el gobierno de Gustavo Diaz Ordaz y varios batallones del Ejército, entre ellos el Olimpia, regular del Ejército. Este no era un aparato paramilitar como los Halcones, el Batallón Olimpia fue creado con el fin de dar seguridad a los Juegos Olímpicos, de ahí su nombre. Llegaron a Tlatelolco vestidos de civil con un guante blanco y, ante la confusión, gritaron durante varios momentos: “Aquí Batallón Olimpia, no disparen”. Esto lo registra Miguel Eduardo Valle antes que Luis González de Alba en un artículo publicado en la revista ¿Por qué?, dirigida por Mario Menéndez. En ese artículo se publicaron las fotos más dramáticas de los cadáveres, en las planchas del Servicio Médico Forense.

La “teoria” de un supuesto cerco, una emboscada al Ejército, creada por el Estado Mayor Presidencial y Echeverría, es una falacia. Esto lo insinúa el general Marcelino García Barragán en sus supuestas memorias, divulgadas por su hijo.

Esas memorias las tomaron Carlos Monsiváis y Julio Scherer para uno de sus libros, Parte de guerra. Pero no se preocuparon por demostrarlo con datos duros. Es una falacia que el Ejército fue víctima de una celada, de una emboscada y que fue blanco de francotiradores desde los edificios. La primera versión del Gobierno fue que fueron los propios estudiantes quienes lo hicieron. Esta versión la divulgaron la televisión, radio, prensa; las cámaras de Senadores y Diputados, las distintas organizaciones del sindicalismo charro; todas las organizaciones de los patrones, agrupadas en cámaras. Y por supuesto la replicaron todos los partidos de esa época, con una excepción quizá un poco matizada del PAN. Es totalmente falso que hubiera una emboscada, mucho menos un intento de golpe de Estado, como quiso decir Marcelino Perelló. Pero el Ejército nunca fue víctima de esa matanza.

La matanza de Tlatelolco fue una acción deliberada planeada por el Estado. Existen miles de evidencias: varios departamentos contiguos a la Plaza de Las Tres Culturas fueron previamente ocupados por oficiales del Ejército. Luis Echeverría Álvarez, entonces secretario de Gobernación, ordenó a un cineasta de triste memoria que se instalara en las oficinas de la Secretaría de Relaciones Exteriores en Tlatelolco para filmar toda la masacre. El cineasta Demetrio Bilbatúa registró en varios miles de pies filmados en nueve o treinta y cinco milímetros, lo ocurrido en la Plaza de las Tres Culturas ese 2 de octubre. Sería muy importante conocer esas filmaciones para detallar lo ocurrido esa noche. Bilbatúa dijo que las cintas fueron decomisadas por el propio Echeverría. Es momento de que se den a conocer los miles de pies filmados por Bilbatúa.

Debemos exigir también que se den a conocer los videotapes filmados por Televisa y los que tienen la Defensa Nacional y el Gobierno del Distrito Federal, hoy Ciudad de México.

Estos archivos aún no se han abierto.

EL PRESIDENTE GUSTAVO DÍAZ ORDAZ SIEMPRE ADMITIÓ QUE HUBO 27 PERSONAS MUERTAS EN TLATELOLCO

Repito, existen múltiples versiones sobre lo que sucedió ahí, estaban cerca de diez mil personas, pero muchas son producto de la fantasía. Hay incluso una de alguien que cuenta, ante las cámaras de cadenas de televisión internacional, que su novia murió en sus brazos. Inventar historias dramáticas se convirtió en un ritual siniestro. De broma he dicho que si todos los que dicen haber estado en la plaza el 2 de octubre de 1968 estuvieron ahí, seríamos casi un millón de personas, porque a todo mundo le dio por ponerse la medalla de héroe por haber estado en Tlatelolco.

Lo digo con todas sus palabras: no soy un niño héroe del 2 de octubre del 68. Haber estado o no en Tlatelolco no crea ningún mérito. Pero sí es uno de los episodios más ominosos de nuestra historia y del comportamiento que tuvo cl Gobierno, el Ejército, los distintos órganos del Estado mexicano, y por supuesto de todas las fuerzas denominadas poderes fácticos: sindicatos, prensa, medios, patrones. Todos fueron cómplices de este genocidio perpetrado a lo largo de un decenio por el Estado mexicano.