Los jardines del olvido | Foto Fabrizio León Diez

Respuestas en el viento

POR ULISES CARRILLO CABRERA

En el 68 yo no estaba, no había nacido, pero sí estaba mi padre. Ese estar de él y de otros cientos de miles, sigue teniendo reverberacio- nes -50 años después- en los que no estuvimos. En aquel octubre, Miguel estaba haciendo pintas en la sección que le tocaba de la Ciudad de México, eran grupos de tres. Él era estudiante de agronomía en la Universidad Autónoma de Chapingo.

Los chapingueros eran muy apreciados en el movimiento estudiantil, pues Chapingo tenía un régimen militarizado de estudios, uno que convertía a los alumnos de esa universidad en elementos especialmente entrones y habilidosos a la hora de asumir las tareas de desobediencia civil del Consejo Nacional de Huelga.

Eso sí, en un principio, los chapingueros se durmieron en sus laureles, pues mientras los estudiantes discutían en sendas asambleas si se unían al movimiento, los tenientes y oficiales encargados de la disciplina interna sacaron el armamento que había en la universidad. Los estudiantes perdieron equipo que pudo haber importado mucho. Sin embargo, es mi convicción -a la distancia de ser hijo- que fue lo mejor, pues peores cosas pudieron haber ocurrido.

La venganza estudiantil ante el cerco militar y la pérdida del arsenal fue salvajemente equina, pues los alumnos decidieron que los mejores caballos de la oficialía serían un rico menú para los estudiantes en resistencia. Pobres caballos, ellos ni bandera o color tenían. Hoyeseguisadocaballunohubierasido un escándalo, pero era otro mundo y otro tiempo.

Luego ocurrieron muchas cosas, entre ellas la agresión a Heberto Castillo. El ingeniero se refugió en la UNAM y los chapingueros conformaron un grupo de estudiantes para cuidarlo. Ahí estaba Miguel, que vio el informe de gobierno de Gustavo Díaz Ordaz en una pequeña TV portátil que Don Heberto tenía en su habitación. Después las universidades cayeron y Miguel, junto con muchos otros, deambuló por la Ciudad con poco dinero, sin un plan claro, con un movimiento que se apagaba, pero un coraje que se encendía.

En la noche a Miguel y su grupo los levantó una patrulla, mientras ellos pintaban bardas sin estar muy enterados de lo que pasaba. Él dice que fue hablando y explicando a los policías el motivo de su lucha que éstos detuvieron el vehículo y los dejaron ir. Yo creo que fue más la compasión, un ataque de conciencia -tal vez paterna- viendo a estudiantes flacuchos, pálidos y en realidad muertos de miedo -de ese temor que se transpira, aunque no se vea- lo que les salvó el pellejo a esos tres ilusos. Se necesitaba ser muy malvado para sellar un destino de corderos para unos mocosos de 19 años. No todas las fuerzas del orden resultaron fuerzas represoras.

Después vino la huida a provincia, a Nayarit, a Santa María del Oro. El conductor del autobús fue otro ángel de la guarda, pues los escondió en su camarote, uno de esos que estaban al lado del compartimento de maletas y carga. Llegó a su casa escuálido, confuso,conelsuéterroto,perollenode ideas peregrinas y con una ingenuidad que yo nunca tuve o me negué a tener.

Se quedó en el viaje el buen Miguel. Regresó a terminar la carrera con el plan secreto de ir a Chiapas -como una simple escala- antes de ir a la guerrilla en Nicaragua; pero en un centro de investigación agrícola en Rosario Izapa se tropezó con el amor y luego conmigo y todo -como la generación del 68- quedó en planes.

Regresó a Nayarit con el 68 por dentro y de nuevo vino la revuelta, los ideales y otras estupideces de esas que uno admira, pero no quisiera repetir. Con camaradas y colegas de jornada se puso a modernizar y radicalizar la Escuela Superior de Agricultura, pero el gobernador era el coronel Rogelio Flores Curiel -sí, el líder de los Halcones de1972-y su cancerbero era Sam López.

Todo se repitió: la huelga en la universidad y las manifestaciones en la plaza grande de Tepic. Todavía recuerdo de memoria las letras de Gabino Palomares y José de Molina “a parir madres latinas, a parir más guerrilleros, ellos sembrarán jardines donde había basureros”.

Todo terminó igual porque todo empezó igual: estudiantes detenidos, golpeados, torturados, obligados a comer el excremento de sus verdugos y, claro, la agresión a mi madre y el cierre del ciclo a balazos.

Recuerdo mi casa convertida en comedor comunitario y hospital clandestino. No se me va de la memoria el rollizo Raúl Bautista, que sobrevivió a un tiro en el cuello para convertirse años después en Súper Barrio en la Ciudad de México. Esas memorias a los 5 años no se olvidan, son cicatrices formativas cierto, pero distan mucho de ser bonitas. De nuevo el 68 huyendo y regresando a Chapingo, de nuevo las revueltas en todo tiempo, el trabajo con cooperativas campesinas, las amistades con Rodrigo Asturias, el comandante Gaspar Ilom de la URNG, el Comandante Pancho y la Comandante Ana. De nuevo guerrilleros en la casa.

A Miguel lo formó el 68, pero hijo del 68 fui yo, por eso donde él es revolucionario, yo soy conservador; donde él escogió la izquierda, yo la derecha; donde él optó por el socialismo, yo por el irredento neoliberalismo; donde él prefiere la plaza, yo la casa y la familia. Lo quiero, lo respeto, me asombra, pero me defino casi en el antónimo. La noche de Tlatelolco él dejó de creer en Dios, yo cada día soy más creyente.

Ese 68 cumple en él y en otros miles, 50 años vivo, nunca se ha ido, no hay un día que no lo suspiren: les brillan los ojos cuando lo reviven. Eso es precisamente lo que me preocupa. A los 50 años de ser paridos políticamente y casi a los 70 años de vida, les llega el poder “a los del 68”. Por fin pueden reclamar propiedad compartida de las instituciones nacionales, ya no son la generación fallida: están llegando al poder con todos sus fantasmas y lemas fermentados por cinco décadas.

No los entiendo, me parecen absurdos: ¿Cómo es posible que la generación que sufrió la violencia y represión del Estado, sea tan estatista? ¿Por qué no creen en el Estado mínimo cuando fueron víctimas del estado máximo?

¿Cómo se van a conducir como ganadores cuando su lema y mantra han sido las derrotas heroicas del tipo “perdimos la batalla, más no la guerra”? No se dan cuenta que, en la dialéctica histórica, se bosquejan improbables, pero posibles barricadas y tanques, sólo que ahora ellos estarán atrás de la fuerza y el aparato de control. Esta vez ellos van a definir quiénes son los enemigos y mafiosos sociales; ahora la disolución social será acepción que ellos dicten y precisen. Algunos nubarrones malhumorados dicen que terminarán siendo lo que alguna vez combatieron. Es su destino casi manifiesto.

Veo esas tendencias tenues y esa tormentas lejanas y me doy cuenta de lo obvio: el 1o de julio del 2018, algo del 68 peregrino, vengador y justiciero ha conquistado la fuerza del Estado y me preocupa encontrarme con mi padre, con sus amigos, con todos ellos de nuevo en la plaza, pero en lados opuestos de la barricada. Bendito 68 que llevas aquí 50 años y no sé si lo que sigue es el triunfo de la imaginación o el de la furia; ya Dios dirá, la respuesta está de nuevo soplando en el viento.